
Para el cosmonauta que gira alrededor de la tierra, o el pasajero del avión las ciudades son algo más que los puntitos de distintos grosor con los cuales se representa normalmente en los mapas.
Situadas al borde de los ríos de los mares, escalonadas por los pendientes de las colinas y montañas o extendidas ampliamente amplias sobre las llanuras, se cubren de humareda durante el día, y por la noche se iluminan con una infinidad de luces centelleantes.
Como si fueran seres vivos, respiran, expulsan residuos, murmuran. Por carreteras y vías férreas, por canales o ríos, un flujo un ininterrumpido de personas y cosas va y viene de ellas o hacia ellas, interminablemente, acelerándose a veces como si sus habitantes, de forma periódica y presos de verdadero pánico, se alejasen de las ciudades para ir a sitios más apacibles.
Si un extraterrestre fuera capaz de observarlas desde Martes o Venus, ¿Qué pensaría de estas concentraciones de población y del significado de toda esta agitación?
La respuesta parece fácil. Todos sabemos distinguirlas ciudades y el campo que las rodea.
Cuando viajamos, ya sea en automóvil o en tren, los signos que anuncian la cercanía de una ciudad, no pueden engañar a nadie. De pronto, las casas se multiplican, alcanzan varios pisos y se aglomeran. La red de calles se intensifica. Los espacios verdes disminuyen progresivamente, e incluso acaban por desaparecer, mientras que los peatones y vehículos aumentan sin cesar.
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La ciudad. Funciones urbanas.
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