
Siempre se ha dicho que San Petersburgo es la ciudad de Pedro el Grande, el zar que la creó y empezó a darle un esplendor.
Una de sus sucesoras, Catalina, también la grande, termino de completar. Esto, aunque cierto, es una verdad a medias, pues el visitante debe saber, poder comprenderla, que esta es una urbe contradictoria, donde la desmesura y la grandilocuencia comparten territorio con el más puro vanguardismo y con la austeridad propia del mar Báltico.
San Petersburgo es un territorio que parece hundirse bajo la presión de los muchos canales que desembocan en el río Neva, auténtica arteria de la ciudad en cuyas orillas se levantan edificios con cúpulas, torreones, bulbos y tejados artesonados tan suntuosos que pueden llegar a desconcertarnos.
Visitar San Petersburgo
San Petersburgo es una hermosa ciudad, es un diamante posado sobre el barro, un festín de piedras y un enjambre de belleza helada. El turista ha de conocer que en San Petersburgo la historia casi siempre se ha escrito de forma violenta y brutal.
Basta hacer referencia a su toponimia para observar que ésta no es una ciudad como las demás, que ha ido cambiando de nombre de una manera convulsa a lo largo de todo el siglo XX. Bautizada como San Petersburgo en honor a su zar fundador, entre 1914 y 1924 pasó a denominarse Petrogrado; después, tras la revolución Rusa, fue conocida como Leningrado, y más tarde, en 1991, desaparecida la unión soviética, recupero su nombre primigenio y también parte de su pasado.
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